YO CONOCÍ A MADRE BELÉN


Testimonios de personas que tuvieron la suerte de conocer y tratar a Madre Belén. Ellas, mejor que nadie, desde el contacto directo y los años compartidos con ella, nos descubrirán la gran humanidad que se escondía bajo su tremenda humildad.


Los testimonios sobre M. Belén, de personas que la conocieron y trataron son muchísimos. Dados voluntariamente y por escrito y firmados  por quienes los emiten,  constituyen en sí mismos una valiosa aportación sobre su vida y santidad  y  figuran en su debido lugar en la documentación del Proceso.

Aunque merecerían  ser reproducidos íntegramente en esta página,  no es posible hacerlo así dado el número y extensión de los mismos. No obstante, en esta sección “Yo conocí  a M. Belén” iremos  reproduciendo algo de lo que sobre ella nos dicen los que la conocieron y trataron.

El Obispo de Porto Naciona (Brasil) conoció a Madre Belén

D. Alano du Nodai, Obispo de Porto Nacional (Brasil) diócesis a la que pertenecía Dianópolis,  que trató a M. Belén en sus años de misionera., escribe:

El primer encuentro con M. Belén inspiraba un sentimiento de respeto muy profundo, motivado por la extrema distinción y dignidad de su persona.  Un relacionamiento más prolongado dejaba percibir la más eximia amabilidad sonriente y acogedora que, luego, facilitaba el diálogo confiado y amable.
Sentíase que esa sencillez se aliaba con una notable firmeza de carácter, serena, ponderada, de la más juiciosa prudencia envuelta en una indecible bondad y mansedumbre.
Todo en ella irradiaba la rectitud, la lucidez, el más elevado sentido del deber, una espontánea autenticidad y naturalidad que creaba un ambiente que invitaba a la confianza.
Superiormente inteligente, tenía intuiciones que impresionaban.
Toda su riqueza espiritual y humana tenía su origen en una vida de unión con Dios verdaderamente traslúcida que se percibía por cuantos nos aproximábamos a ella.
Lo que dejó en mí el encuentro con M. Belén es el recuerdo inolvidable de una gran religiosa en que una naturaleza excepcionalmente dotada, supo corresponder a la gracia de la vocación religiosa con una fidelidad que tocaba la raya del heroísmo.

P. Alano du Nodai, O.P.
Obispo de Porto Nacional (Brasil)

Hna. MªJosé Fernández conoció a Madre Belén

Madre Belén ha sido un regalo de Dios a nuestra Congregación; un testimonio vivo de caridad, acogida, adhesión a la Voluntad de Dios, pobreza, celo apostólico y misionero y de fidelidad a Dios y a la Iglesia.

Descubrí en ella virtudes y actitudes heroicas en medio de una gran sencillez y humanidad, salpicada de un gran sentido del humor y agudeza andaluza.

Se distinguía por su bondad, por su amor a la verdad. Siempre sincera, fiel a su conciencia, disponible para las cosas más costosas. Su mundo interior no conocía el egoísmo ni la doblez.

Hablar con M. Belén era encontrarse con la humildad y la caridad hecha carne, era encontrarse con una mujer que amaba mucho, que amaba a todos, que se desvivía por cada uno y sus necesidades, siempre inclinada con singular amor hacia los más pobres. El celo apostólico y los pobres fueron una constante en su vida.

Al conocer más profundamente a M. Belén, conocí algo más de Dios.

Fue una Esclava que experimentó el amor de Dios y lo anunció a todos los pueblos; su único deseo fue engendrar a Cristo en el corazón de cada persona, tal y como lo ideó Marcelo Spínola para sus Esclavas.

Hna. Mª José Fernández, ADC.

Hna. Celia dos Santos conoció Madre Belén

En los once años que tuve la suerte de tenerla como Superiora puedo asegurar que siempre la ví coherente con su vocación de Esclava. Las que trabajamos con ella en Dianópolis sabemos cómo vivió intensamente entregada a las almas, en aquellos sertones del nordeste goiano, Misionera, con grande amor a las almas, que le hacía pasar por encima de toda clase de sacrificios , superar obstáculos, vencer situaciones repugnantes a la naturaleza con  el entusiasmo propio de quien está llena del amor de Dios.

No había obstáculo para ella cuando se trataba de hacer el bien. Sus ansias de salvación de los hermanos le llevaron a situaciones bien difíciles y muchas veces incomprensibles para aquellos que no entendían del celo apostólico. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, cuanto más pobres y sufrientes, cuanto más repugnantes en apariencia, más dignos eran de su amor.

Tractores, camiones, carros de bueyes, “jeeps”, frágiles embarcaciones fluviales, de todo se servía para llegar hasta donde se hacía necesaria su presencia misionera. Cada una de aquellos viajes misioneros era un riesgo.  Y para ella, un continuo renovar su confianza en Dios. Porque tenía miedo; todas lo sabíamos, y eran horas y horas atravesando el “mato” sin ver alma viva. Normalmente la sed era nuestra compañera inseparable.

Nunca la vi quejarse de las incomodidades  que se pasaban en aquellos viajes y estancias en  carentes hasta de lo más imprescindible. Ella aceptaba todo con aquella bondad y amor que nos contagiaba a todas.  Cuantas veces a la vuelta de esas caminatas, cubiertas de polvo y suciedad, nos hacía olvidar todo para pensar que fuimos instrumentos de Dios para con aquellas pobres criaturas.

Su caridad era sin límites. M. Belén amó con el corazón de Cristo. Y por eso sabía perdonar con aquella capacidad de perdón propia de las almas muy amantes del Maestro.

Su capacidad de perdón, su bondad, siempre serena incluso cuando era seriamente ofendida, sólo era comprensible porque era una persona de mucha oración, intensamente eucarística, de fe profunda. En una palabra, M. Belén procuraba vivir seriamente el Evangelio. Fue un alma enamorada de Dios.

Por esto, nunca nos extrañó saber de conversiones innumerables que se daban a su paso por aquellas tierras, movidos por sus consejos y oraciones. Y nunca más se olvidaron de “aquella santa” como cariñosamente la llamaban.

Hna. Celia dos Santos, ADC.

Hna. Consuelo Ojeda conoció a Madre Belén

Siempre disponible y siempre abierta a la esperanza. Una característica de su personalidad fue una gran sensibilidad ante el dolor de sus semejantes. Se preocupaba por los demás. Buscaba siempre a los más desgraciados, solitarios y pobres. Soñó siempre con ser misionera. Era buena, agradable y siempre deseaba complacer.

Toda la vida buscará para ella lo peor, en bien de los demás. Amaba extraordinariamente a los pobres. Los socorría, los enseñaba. Era muy sencilla, simpática, amable, bondadoso para con todos.

Hna. Consuelo Ojeda, ADC.

(En su biografía de Madre Belén)

La Hna. Amalia conoció a Madre Belén

Conviví con ella, la conocía muy bien; sé de sus grandes luchas y superaciones, fui testigo de grandes sacrificios y renuncias. Consecuente con su consagración religiosa, con el Fiat pronunciado el día de sus votos, se consagró a Dios para extender su reino donde se hiciese necesario, sin límites geográficos, porque para ella la única realidad era anunciar el amor de Jesucristo.

Hna. Amalia Altolaguirre, ADC.
(En Diario de una misionera)

Concha Montoto también conoció a Madre Belén


Bondad, abnegación, caridad, acercamiento a los pobres, son los cauces por los que discurre su amor a Jesucristo. Pero en el horizonte de su vida hay un “más” que la llama incesantemente: las misiones.
En Dianópolis, como en todas partes, Madre Belén se entrega a un trabajo agotador, urgida su caridad por tantas necesidades como la rodean.

Asombra su fecunda acción. Y asombra sobre todo la valentía con que llevó a cabo empresas que debieron costarle un enorme vencimiento, dada su natural timidez. Pero su amor a Jesucristo le comunicaba la fortaleza y arrojo en tantas obras apostólicas como emprendía.

Se vencía y se superaba hasta el heroísmo. Un heroísmo que a fuerza de repetirlo llegó a serle connatural.
Ejercitada en el sufrir y en el continuo darse a los demás, le sorprendió su última enfermedad. Delicadeza para con todos, bondad, olvido de sí, atención a cuantos la visitaban y una humildad sin límites era el ambiente que envolvía su situación de enferma. Junto a ella se palpaba la presencia de Dios, a quien tan sinceramente se había entregado.

Hna. Concha Montoto, ADC.
(En Hoja de difusión)

La Hna. Rosario Raquejo conoció a Madre Belén

Vibraba con el ideal misionero que le impulsaba a entregarse a todos, sin medir sacrificios.
Era una Esclava total que supo vivir la espiritualidad de la Congregación centrada en el amor personal a Jesucristo, asumiendo las actitudes de María. Jesucristo fue para Madre Belén “Alguien vivo”, siempre presente en su vida.

Sabía unir a una espiritualidad profunda una sencillez y bondad incomparables. Su capacidad de amar y perdonar nos estimulaba en el diario caminar hacia el Señor. Superaba las circunstancias difíciles con grande espíritu de fe y oración. Nunca la oí hablar mal de nadie ni quejarse, aunque en ocasiones muy duras tuviera razones para ello.

Siempre admiré sus actitudes de humildad, bondad, perdón, su vida sencilla tan humana y llena de optimismo y olvido de sí para hacer felices a cuantos  vivían con ella; su servicio apostólico a todos sin interés de recompensa alguna y, sobre todo, su humildad, bondad y fidelidad al Señor. Su vida hablaba por sí. Madre Belén fue una verdadera Esclava.
 
Hna Rosario Raquejo, ADC.
(En Diario de una misionera)


 

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